La mirada atónita

de la sección del mismo nombre en el programa Punt de Llibre de Radio Barcelona
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martes, febrero 12, 2008

Los príncipes valientes


Dice una acertada fórmula matemática que la cantidad de pelo es inversamente proporcional a la cantidad de nostalgia. Y así debe de ser porque desde que me estoy afilemonizando no hago más que echar de menos los tiempos de naranjito, los de las mamachicho y las cacao maravillao (el equivalente a los beatles y los rolling de la telecinco más digna de la historia) o la época dorada del heavy en castellano y en cassette con aquellos cardados de pelu de barrio de los Sangre Azul, los Obus, Ñu, Leño, Baron Rojo y compañía...

Supongo que hay un momento en la vida en el que uno quiere entender por qué se ha convertido en lo que se ha convertido y por eso, aún agradece más que caiga en sus manos una novela como “Los príncipes valientes”. Stendhal dijo aquello de: “la novela es un espejo que ponemos en el camino” y parece que Javier Pérez Andujar, autor de “Los principes valientes” se lo ha tomado al pie de la letra, porque al menos servidor se ha visto reflejado en todas y cada una de las 233 páginas de esta novela-espejo, si me permiten que la denomine así.

Las novelas-espejo, afortunadamente, son generosas y te reflejan con pelo y sin ojeras, y en el caso de la de Pérez Andujar con pantalón corto y orejas de soplillo, que es como era yo cuando tenía la edad del protagonista... Cuando, igual que él, leía las “Famosas Novelas” de Bruguera una y otra vez, jugaba con las cartas de “La cizaña” de Asterix, disfrutaba con las carreras absurdas de los Autos Locos y taladraba al asesino de turno junto a Colombo, que no deja de ser un Gila americano diciendo aquello de “alguien ha matado a alguieeeeeen...”

“Los príncipes valientes” sabe a bocadillo de chorizo delante de la tele tratando de entender por qué los villanos tendían trampas tan inútiles como estrafalarias a aquel Bat-Man panzón, pero también sabe a La Ley del Silencio o a mis padres decidiendo explicarme quienes eran los Reyes Magos y por qué al vecino sí le iban a traer el Scalextric y a mí no.

Supongo que uno se identifica con un texto cuando descubre que alguien ha escrito lo que él ha pensado siempre sobre el capitán Nemo, James Bond , Pinocho o Kojak pero que no ha sabido expresar. Supongo que por eso uno es lector y son otros, como Pérez Andujar, los que escriben. Tengo que reconocer que leyendo este libro temí acabar convirtiéndome en uno de esos perrillos setenteros que se ponían en los coches y que asentían con el movimiento del vehículo. Cada página que pasaba decía: ¡Siiiii, es verdad! Y meneaba el bolo arríba y abajo.

Pero, por Dios, que nadie se piense que esta novela es como esos emailes que rememoran los tiempos de nuestra niñez para hacer piñita generacional, que eso sería como comparar la etiqueta de unos gallumbos con las Soledades de Machado... las dos hablan de la cosa interior, sí, pero no viene a ser lo mismo.

Perez Andujar tiene un algo de poeta que escribe prosa y un algo de guía turístico de la memoria. Sabe narrar y desbarrar y ha escrito una novela de “porqués”, de esas que cuentan que cualquier tiempo pasado fue anterior, que no mejor, pero sí necesario para entender lo que somos hoy. Como dice mi padre cuando ve jugar a Messi: “Este chaval vale”.

1 Comments:

  • At 6:02 a. m., Anonymous Anónimo said…

    Estoy convencida de que Pérez Andujar va a conservar esta reflexión que hace usted sobre su novela en un lugar de privilegio. Le habrán dedicado reseñas y le habrán hecho críticas, pero esto que escribe usted es otra cosa que nace de la emotividad y de fotografiar el recuerdo de la realidad, poniendo espejo stendhaliano delante o no. Ah! Y lo que seguro que no ha hecho ningún crítico ni periodista cultural ha sido compararlo con Messi. Sí señor: "Al pan pan y al vino vino" Que caramba!

     

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